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Contacto

     Casi como un reflejo, o como el resultado de una conversación que parece ser tan sólo un paneo general de futuras palabras e ideas, bajo la lluvia de marzo y la melodía que caracteriza las avenidas de Buenos Aires, unen sus labios. El escenario donde están parados deja de existir, la piel de ella se baña, no del agua que cae del cielo, sino del perfume de él.

    Ella todavía no sabe que él esa noche quedará instalado en su retina y en su mente por largo tiempo, todavía no sabe que horas más tarde sentirá que abrió una puerta: la del auténtico amor. Lo que sí sabe -o mejor dicho, sospecha- es que él no le resulta indiferente, sino que sus palabras, las maneritas que tiene de jugar con ellas, la forma en que la abraza en el camino hacia la habitación, hacen que ella desee un rato después estar desnuda arriba, frente y debajo del cuerpo que la rodea.
     Y cuando están en la cama, el silencio que indica paz se apodera de la situación: sus miradas se encuentran, y junto a ellas sólo existen las caricias. Aparece la sensación inagotable de querer estar ahí cada minuto, y que cada segundo es el momento: no existe más que esa pausa en la vida. Las horas pasan, envueltas en un mar de caricias y besos, que de a poco y como consecuencia de esa ternura, se transforman en un juego erótico. Sólo la voz que indica que finalizó el turno del hotel los detiene. O no.

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