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Mapa

Salí a la calle y un hombre me preguntó cómo viajar a Saavedra. Desde que vivo acá nunca tuve que ir para ese lado, así que no tenía una respuesta muy precisa para dar. Sabía que el 65 o el 42 lo acercaban, pero ni siquiera cuánto. Me dijo que tenía que ir a Congreso y Balbín, esquina en la que trabajé años atrás. Pensé durante un rato, no se me ocurrió nada útil. Vacilante, él se rascó la cabeza, y me pidió si no era mucha molestia que me fijara en mi celular qué hacer porque el suyo se había quedado sin batería. Con un gesto de disculpas, le mostré que sólo tenía la llave y algunos billetes en la mano.
-Me tomaría un taxi, pero estoy sin plata encima.



Fui a comprar un libro de mierda a Warnes. ¿Quién carajo vende un libro en Warnes? Se me murió el celular y tenía que ir después a retirar un paquete de mierda como el vendedor de mierda y mi celular de mierda al Correo Argentino que queda en Congreso y Balbín. Hace mucho que no estoy en Capital, no sabía cómo hacer para llegar. Apareció una chica, literalmente pequeña, y le pregunté qué hacer. Dimos unas vueltas geoestratégicas, parecía simpática, pero no ofreció soluciones.  

Se lo veía amigable, no había nada que demostrara segundas intenciones en su actitud. El ceño fruncido, la frente transpirada, y la mirada de perro abandonado hicieron que le propusiera pasar por mi casa a chequear en Internet cómo viajar. Eso sí: primero teníamos que ir sí o sí al chino a comprar algo.
-Te invito porque vivo en un centro cultural, sabés.
Como si tratara de descifrarme, me miró de pies a cabeza varias veces, y levantando los hombros aceptó.
Entré al supermercado, me esperó en la puerta. Fui a la góndola de aceite, agarré una botella. Pagué y nos fuimos. En el camino a casa me contó que está haciendo un trabajo de investigación en Alemania, ahora está de visita en Buenos Aires, vino a ver a su familia. Él nació en Mataderos. Antes de llegar le comenté que no vivo sola, que estaba mi compañera.

Me ofreció usar su computadora para ver cómo llegar, me pareció un poco osado. Podía entonces ver los titulares: “Joven doctorando absorbido por una red de trata de intelectuales en Centro Cultural”. La observé, a modo de pincelada impresionista, y noté un cuerpo turgente y atractivo. Acepté.

Lucila tomaba mates en la cocina. En el instante en que la vi imaginé su desaprobación al decirle que el hombre que venía conmigo era un completo desconocido.
-Él es Sebastián, nos encontramos en la otra cuadra. Es un amigo de toda la vida. –mentí, y miré rápido al chico de lentes negros, esperando que entendiera lo que me pasaba, o algo así. Sebastián agarró un mate y se adueñó de la conversación en seguida. Los inicios de nuestra hipotética amistad, las tardes en el parque, en la pileta de un amigo. Temía que dijera algo que no cuajara, que haga caer todo su relato. Exageró sobre el tiempo que se supone que había pasado desde la última vez que nos vimos, con esa excusa aprovechó para preguntarme a qué me dedico, si hace mucho que vivo acá, de qué se trata nuestro espacio cultural, si tengo pareja.

Entramos. El lugar me pareció oscuro y no afín a actividades diurnas. Me asusté y recordé las clases de defensa personal que tomé en Youtube donde me enfoqué en krav magá. Estaba preparado para lo peor y cuando se abrió la puerta de la cocina apareció una joven bajita, morena y habladora. Me presentó como un viejo amigo. Así que hablé como si lo fuera, soy bueno improvisando. Me ofreció mate, no suelo tomar ese brebaje, acepté porque cuando uno llega a un lugar es importante para los locales demostrar interés y apertura.

Conversamos un rato largo, hasta que Lucila tuvo que irse a una reunión. Quedamos solos en el medio de la cocina, mirándonos en silencio. Cebé un mate más, Sebastián se lo tomó muy rápido con cara de asco. Al devolvérmelo tocó apenas mis dedos, hizo una mueca, los dos desviamos la mirada para otro lado, en silencio.
-¿Y? ¿Vas a fijarte cómo viajar?- interrumpí.
-Naturalmente, en un rato. No hay apuro, ¿no?
La yerba lavada, el agua fría. Volví a encender la hornalla, le ofrecí algo de comer.
-Uf, qué recuerdos las galletitas Porteñitas- suspiró, abriendo el paquete que acababa de darle. Fuimos al living, prendimos el aire acondicionado. Nos sentamos en el sillón de dos cuerpos, me contó sobre la ciudad de Osnabrück, sobre la frialdad y rigurosidad en el trato que tienen los alemanes. Habló de las maravillas de vivir de la investigación, del café y de Johnny Cash por la noche. Me contó que el sol cae a las cuatro de la tarde, que una persona puede ir durante veinte años al mismo café y que el mozo lo va a tratar siempre distante, como la primera vez. Le conté que en mi casa cultural hay música en vivo y varietés. Me preguntó si cocino para los eventos, si cuando me preparo algo para almorzar siento las ollas como propias o qué, si uso el baño público, si conozco muchas personas en el espacio, respondí como si no supiera que me estaba preguntando si tengo sexo seguido. Lo que más le inquietaba era que disfrute estar rodeada todo el tiempo de personas. El mate se había terminado, la charla continuaba.

La joven morena se fue y nos quedamos solos. La verdad es que se desarrolló una conversación bastante natural, amable consideré. Preguntas y respuestas. Por momentos me pareció imposible frenar mi verborragia. Mientras hablábamos pensé en la distribución espacial del Centro Cultural y de su casa. Su cuarto estaba en un piso superior. ¿Cómo podía vivir en constante contacto con otros? ¿Cómo no terminaba por odiar a todos y desembocar en una lógica matanza estilo Kentucky? De sólo proyectar que ella convivía diariamente con otros cuerpos y que estos no desaparecían nunca, me desesperó, me sentí un poco encerrado. Me distraje con su trasero. Se fue a la cocina y la seguí.

Después de dos horas de diálogo ininterrumpido, fuimos a la cocina. Puse la pava a cargar de nuevo. Sebastián se paró detrás de mí, muy cerca. Se quedó varios segundos ahí, quieto, yo puse el agua al fuego. Me tomó desde atrás con sus dedos largos y finos. Lancé una risa nerviosa. Me llevó un poco más fuerte hacia su cuerpo, acercó su boca a mí. Sentí el olor de su piel dulce, fresca, veraniega. Busqué con mi mano su nuca y enredé mis dedos en su pelo suave, fino. Recorrió con sus labios mi hombro, mi oreja, mi boca. Me sujetó con decisión, siempre desde atrás, me acarició la panza, los pechos. Con sus dedos estiró el elástico de mi pollera y deslizó su mano ignorando mi ropa interior. Sebastián volvió a presionar con fuerza mi cuerpo hacia el suyo.

Cuando su cuerpo flotaba en dirección a la cocina para calentar agua para el mate, ofreció a mi vista un soberbio trasero. Ella era un poco soberbia también. Mi mano izquierda invadió su cadera y, al ritmo que besaba su cuello, encontré su vientre. La presioné. La traje hacia mí. Se entregó. Mi brazo derecho parecía una cadena que la sujetaba de forma tal que no podía liberarse. Tampoco lo buscó. La volví a presionar, sintió mi sexo. Intentó darse vuelta, no la dejé. Las mujeres del siglo XXI viven atrapadas en un purgatorio cultural entre la autonomía y la igualdad de género, y el deseo de ser poseídas sexualmente como si viviéramos en el siglo XX, pensé mientras besaba su cuello. Se entregó, me entregué.
  


Pasamos toda la noche juntos. Al día siguiente miramos el mapa, para llegar a Balbín y Congreso Sebastián tenía que tomarse dos colectivos. 


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